
La verduga Patricia Ortiz y el poema que recitó mientras aseinaba al esclavo.
ENTREGA
Noche de luna llena, símbolo de culminación. Una música
de fondo que llega como distante, armonizando sin distraer los sentidos que
deben permanecer alerta. Una vela azul e incienso.
Un desnudarse lento de los cuerpos y el baño purificador –
víctima y victimario- aleteando en la caricia bajo el agua que cae indomable.
La ceremonia de secar la piel apenas rozándola y luego el aceite resbalando,
brillando, incitando a los cuerpos a frotarse. Excitación.
El victimario ordena a la víctima a acostarse boca abajo en
la cama, se tiende a su lado y mientras lo envuelve en su red de caricias:
pies, pantorrillas, muslos, glúteos, cintura, espalda brazos, cabeza… va
acercándose a su oído y le habla muy suave:
- Vos lo sabés, éste es el día, vas a morir. En eso consiste la entrega,
en darme el poder para decidir cuándo y cómo. El por qué es muy
sencillo: mi placer. Tu muerte llegará para arrebatar mis sentidos de
placer. Serás mío en cuerpo y alma. Primero gozará mi carne con tu
carne, tendrás que arrastrar mis gritos orgásmicos hasta los portales
de la luna, derramando por y para mí, todo tu esperma. Luego serás
penetrado, violado, golpeado. Sentirás el dolor purificador en la carne
mientras tus manos permanecerán libres e inmóviles como símbolo de
sumisión. Habrá un instante preciso, un quiebre, una señal… que me
indicará que llegó la hora. Los arañazos de las espinas en los muslos
y nalgas te advertirán: vas a sentir un pinchazo intenso pero breve.
El elixir de la muerte se escurrirá muy lentamente por tu cuerpo. Sí,
un poquito te va a quemar. Vas a sentir como se calienta tu sangre y
sube rauda a tu cabeza que se aturde ante muchas voces que gritan
al unísono. Luego se aflojarán tus extremidades, podrá relajarse la
cabeza en un hormigueo de pensamientos blancos, nevados, y un frío
agudo como miles de hojas de cuchillas se meterá de lleno en tus
huesos. Luego sobrevendrá la calma, y ahí sabrás que llegó el final…
que tu vida sin sentido terminará para que tu muerte corone mi placer.
Epílogo
Tendido boca abajo en la cama, rodeado de rosas secas, con las espinas
clavadas en las piernas y finos hilos de sangre brotando aún de las heridas,
yace la víctima con una expresión de crispada felicidad en el rostro. Sus
manos ya están frías. El victimario actúa con celeridad, ajusta la máquina
infernal y lo somete post mortem. Se agita, ríe, goza. Se excita, se masturba,
y tras el estallido del orgasmo deja abandonada a la víctima, penetrada sobre
las sábanas húmedas de olvido.
La cacería recomienza…
Gracias por la generocidad de estas mujeres que escriben tan lindo y colaboran con mi blog.